Dante

DANTE ALIGHIERI

DAN1Tratado 1

Capítulo XII. Causas del amor del autor a la lengua vulgar (8 a 13)

Además, la bondad me hizo amigo de ella. Y aquí se debe recordar que toda bondad propia de una cosa es amable en ella; como, por ejemplo, en los hombres, poseer una recia barba, y en las mujeres, tener limpia la cara de toda barba; como en el perro perdiguero tener buen olfato, y en el galgo, un correr ligero. Y cuanto más propia es una cosa, tanto es más digna de ser amada, por lo cual, dado que toda virtud es en el hombre digna de ser amada, es, sin embargo, más amable la virtud que es más humana, y ésta es la justicia, la cual está solamente en la parte racional o intelectual, es decir, en la voluntad. Es esta virtud tan amable, que, como dice el Filósofo en el libro quinto de la Ética, sus mismos enemigos la aman, como son los ladrones y raptores; y por eso vemos que su contraria, es decir, la injusticia, es sobremanera odiada, como, por ejemplo, la traición, la ingratitud, la falsedad, el hurto, la rapiña, el engaño y otros semejantes. Los cuales son pecados tan inhumanos, que para excusarse de su infamia se le permite al hombre, por antigua costumbre, que hable de sí mismo, como se ha dicho más arriba, y pueda afirmar que es fiel y leal. De esta virtud hablaré más adelante ampliamente en el tratado decimocuarto;  Y, dejando este tema por ahora, retorno a mi propósito. Queda, pues, probado que la bondad más propia de una cosa [es lo más amable en ésa; por lo cual, para demostrar cuál es la cosa más propia de una lengua], hay que ver cuál es en esta más querida y ensalzada, y ésta es la que buscamos. Y como vemos que en cuestión de lenguaje lo más amado y encomiado es el expresar bien los conceptos, ésta es su principal bondad. Y como está bondad existe en nuestra lengua vulgar, cosa que hemos probado más arriba en otro capítulo, resulta evidente que esta bondad ha sido una de las causas del amor que le tengo, pues, como hemos dicho, la bondad es causa engendradora de amor.

 

Portrait_de_DanteTratado 3

Capítulo I. El amor y la alabanza de la persona amada (5 a 12)

A esta determinación me llevaron tres razones, una de las cuales fue el mismo amor propio, que es principio de todos los demás, como cada cual puede comprobarlo. Pues no hay modo más lícito ni más cortes de honrarse a uno asimismo que honrando al amigo. Y, como no puede darse la amistad entre personas desiguales, dondequiera que hay amistad hay igualdad, y donde quiera que hay igualdad, la alabanza y el vituperio son comunes. De esta razón se pueden deducir dos claras enseñanzas; la primera es no desear que un vicioso se nos muestre amigo, porque con esto adquiere opinión mala aquel de quien el vicioso se hace amigo; la segunda es que nadie debe censurar a su amigo en público, pues se hiere a si mismo con su propio dedo en el ojo, sí se examina bien la razón dicha. La segunda razón fue el deseo de que esta amistad dure. A este propósito hay que saber, como afirma el Filósofo en el libro noveno de la Ética, que en la amistad de personas desiguales por su estado hay que mantener, para conservar aquélla, una proporción tal entre ellas, que convierta la desigualdad en igualdad. Como sucede entre el siervo y el señor, pues, aunque el siervo no puede devolver a su señor un beneficio equivalente cuando es favorecido por éste, debe, sin embargo, darle lo mejor que él puede con una prontitud tan solícita, que lo que por sí mismo es desigual se convierta en igual por la manifestación de la buena voluntad; con esta manifestación, la amistad se confirma y se conserva. Por eso yo, considerándome inferior a esta dama y viéndome regalado por ella, me [propuse] alabarla según mis posibilidades, las cuales, si bien no son iguales por sí solas, al menos demuestran la pronta voluntad (pues si más pudiese, más haría), y así se hacen iguales a la de esta gentil señora. La tercera razón fue un argumento de previsión, porque, como dice Boecio, “no basta mirar aquello que está ante la vista”, o sea el presente, y por esto se nos ha dado la previsión, que mira más allá, a aquello que puede venir. Pensé que muchos, a mis espaldas, me acusarían tal vez de ligereza de ánimo al oír que yo había cambiado mi primer amor; para cortar el camino a este reproche no encontré argumento mejor que explicar cuál era la dama que se había cambiado.Porque por su manifiesta excelencia se puede conocer su virtud, y por el conocimiento de su extraordinaria virtud se puede concluir que toda estabilidad de espíritu resulta mudable ante ella, y así no se me juzgara liviano e inestable. Empecé, por tanto, a alabar a esta dama, si no como ella merecía, al menos en la medida de mis fuerzas, y comencé a hablar así: El amor, que en mi mente de razona… 

800px-Dante03Capítulo IV. El amor es inefable (9 a 13)

Volviendo, pues, a nuestro propósito, digo que nuestro entendimiento, por defecto de la potencia de la cual toma lo que ve, que es una potencia orgánica, a saber, la fantasía, no puede alcanzar ciertas cosas (porque la fantasía no puede ayudarle, ya que no tiene con qué), como son las sustancias separadas de la materia, de las cuales cosas, si podemos lograr alguna consideración, sin embargo no las podemos entender ni comprender perfectamente. Y el hombre no es digno de censura por esto, pues no fue el autor de este defecto, si no la naturaleza universal, es decir, Dios, que quiso privarnos en esta vida de esa luz; y sería presuntuoso investigar las causas que Dios tuvo para obrar así. Por consiguiente, si mi consideración me levantaba a zonas en las que la fantasía quedaba por debajo del entendimiento, no debo sufrir el reproche por mi falta de comprensión.

Además, hay un límite puesto a nuestro ingenio en todas sus operaciones, puesto no por nosotros, sino por la naturaleza universal; y por eso hay que afirmar que los límites del ingenio [para pensar] son mucho más amplios que para hablar y que más amplios son los del hablar que los de los signos. Por lo tanto, si nuestro pensamiento, no solamente el que no llega a perfecto entendimiento, sino también aquel que termina en perfecta inteligencia, es vencedor del lenguaje, no somos por ello merecedores de reprensión, porque no somos los autores de esta impotencia. Y por eso mi excusa es válida cuando digo: Cúlpese de ello al débil entendimiento y al habla humana, que no es capaz de expresar todo lo que dice el amor; por todo lo cual aparece con suficiente claridad la buena voluntad, que es la que debe ser tenida en cuenta en los merecimientos humanos. Y así se entiende la primera parte principal de esta canción, que tenemos ahora entre manos.


Capítulo XV. La sabiduría, cima de la filosofía (16 a 18)

Y por esto dijo Salomón en los Proverbios hablando de la sabiduría:

“Cuando Dios fundió los cielos, allí estaba yo; cuando puso una bóveda sobre la faz de los abismos; cuando daba consistencia (al cielo) en lo alto; cuando daba fuerza a las fuentes del abismo; cuando fijó sus términos al mar para que las aguas no traspasasen sus linderos; cuando echó cimientos de la tierra, estaba yo con Él, como arquitecto, siendo siempre su delicia”. ¡Oh peor que muertos los que huís la amistad de la sabiduría!, abrid vuestros ojos y mirad: antes que vosotros existieseis, ella os amó acomodando y ordenando vuestro desarrollo; y después que fuisteis hechos, para enderezaros vino a vosotros, tomando vuestra semejanza. Y si todos no podéis llegar a su presencia, honradla en sus amigos y obedeced los mandamientos [de éstos], como mensajeros que os anuncian la voluntad de esta emperatriz eterna; no cerréis vuestros oídos a Salomón, que os lo dice, afirmando que “el camino de los justos es como luz esplendorosa que sigue y crece hasta el día de la bienaventuranza”; caminad en pos de ellos contemplando sus obras, que deben ser para vosotros luz en el camino de esta brevísima vida.

 

800px-Statua_di_Dante_(Naples)Tratado 4

 Capítulo IX. La definición de la nobleza no pertenece a la autoridad imperial (4 a 10)

Y para ver los límites de nuestras acciones hay que advertir que únicamente son obras nuestras aquellas que obedecen a la razón y a la voluntad, pues si existe en nosotros la operación digestiva, ésta no es humana, sino natural. Nuestra razón está ordenada a cuatro maneras de acción, que exigen una consideración diferente; hay operaciones que ella meramente considera, porque ni las hace ni puede hacerlas, como son las cosas naturales, las sobrenaturales y las matemáticas; hay operaciones que la razón considera y realiza con sus propios actos, las cuales se llaman racionales, como es el arte de hablar; y hay operaciones que ella considera y hace materialmente fuera de sí misma, como son las artes mecánicas. Y todas estas operaciones, si bien por lo que toca a su consideración obedecen a nuestra voluntad, consideradas en sí mismas, no están sometidas a ésta, porque aunque quisiéramos nosotros que las cosas pesadas se elevasen por su propia naturaleza, y aunque quisiéramos que el silogismo partiendo de falsos principios abocarse a una conclusión verdadera, y aunque quisiéramos que una casa se sostuviera lo mismo inclinada que derecha, no conseguiríamos tales cosas; de todas estas acciones no somos nosotros autores propiamente, sino simplemente inventores. Otro fue el que las ordenó e hizo, el máximo creador de todas. Hay, por último, operaciones que nuestra [razón] considera en el acto de la voluntad, tales como atacar y auxiliar, resistir y huir de la batalla, ser casto y darse a los vicios; y estas acciones están sometidas por completo a nuestra voluntad; por eso, en virtud de ellas recibimos el calificativo de buenos o malos, porque son completamente nuestras, ya que nuestras obras se extienden a todo lo que puede alcanzar nuestra voluntad. Y como en todas estas operaciones voluntarias hay que conseguir cierta equidad y hay que evitar toda iniquidad (equidad que puede perderse por dos causas: o por no conocerla o por no querer seguirla), se inventó a la razón escrita para enseñarla y para preceptuarla. Por eso dice Agustín:

“Si los hombres la conocieran – se refiere a la equidad – y, conocida, la guardasen, no sería menester la razón escrita”; y por eso está escrito también en el principio del antiguo Digesto: “La razón escrita es el arte del bien y de la equidad”.

Para escribir, publicar y ordenar esta razón escrita ha sido creado este oficial del que hablamos, el emperador, al cual estamos sujetos en la medida adoptada por la extensión de nuestras propias operaciones que hemos dicho; y más allá, no. Por esta razón, en todo arte y oficio, los oficiales y los aprendices están y deben estar sujetos al jefe y al maestro de tales oficios y artes; y fuera de ellos, la sujeción perece, porque perece el principado. De manera que podemos decir del emperador, si queremos representar su oficio con una imagen, que es como el jinete que cabalga sobre la humana voluntad. Caballo este que, como cualquiera puede ver, anda frecuentemente por el campo sin jinete que lo monte, especialmente en esta mísera Italia, que, sin medio alguno, se ve abandonada a su propio gobierno.

 

200px-Dante_Alighieri01Capítulo XII. Prosigue la exposición del vicio radical  de las riquezas (1 a 8)

Como hemos dicho, la imperfección de las riquezas no sólo aparece en su indiscreta procedencia, sino también en su peligroso crecimiento; y como en este punto se puede ver mejor el defecto radical de las riquezas, es el único punto que menciono en el texto al decir que, aun estando muy guardadas, no solamente no dan tranquilidad, sino que dan más sed y aumentan la insuficiencia y pobreza de los demás. A propósito de esto, hay que indicar que las cosas defectuosas pueden tener sus defectos de tal modo que no aparezcan a primera vista, sino que, bajo pretexto de perfección, se esconda la imperfección; y pueden tenerlos también de tal manera al descubierto, que claramente se conozca la imperfección a simple vista. Las cosas que a la primera observación no muestran sus defectos son más peligrosas, porque las más de las veces no puede uno ponerse en guardia ante ellas, como sucede con un traidor, que en el trato directo se muestra amigo y hace que se confíe en él, y bajo el velo de la amistad encubre el vicio de la enemistad. De este modo, las riquezas son peligrosamente imperfectas en su crecimiento, porque, proponiendo lo que prometen, traen precisamente todo lo contrario. Estas falaces traidoras, reunidas en un cierto número, prometen siempre dejar satisfecho en todos sus deseos al que las reúne, y con esta promesa llevan la voluntad humana al vicio de la avaricia. Y por eso las llama Boecio peligrosas en el libro Sobre la consolación, diciendo: “¡Ay! ¿Quién fue el primero que cavó los preciosos peligros del oro encubierto y de las piedras que querían esconderse?” Prometen las falsas traidoras, si bien se considera, quitar toda sed y toda falta y dar toda saciedad y satisfacción; y al principio obran así con todos los hombres, confirmando esta promesa de un crecimiento seguro en cantidad de dinero; y cuando están ya reunidas las riquezas, en lugar de calma y refrigerio, dan sed al pecho febril e intolerable; y en lugar de saciedad, nuevos horizontes, es decir, deseos de mayores cantidades; y con este deseo causa en un gran temor congojoso acerca de lo ya adquirido. Por eso en realidad no tranquilizan, sino que dan más cuidados, de todos los cuales carecería el hombre sin las riquezas. Y por eso dice Tulio en el tratado Sobre la paradoja, abominando de las riquezas:

“Nunca he afirmado yo que entre las cosas buenas o deseables se cuente el dinero de alguno, o sus magníficas mansiones, o sus riquezas, o sus señoríos, o sus alegrías, con todas las cuales cosas andan muy agobiados, pues he observado que los hombres que más abundan en riquezas son los que más las desean. Nunca se sacia la sed del deseo; y no se atormentan solamente por el afán de aumentar lo que tienen, sino que sienten también el tormento o del temor de perderlas”.

Todas estas palabras son de Tulio y están escritas en el libro citado. Y para mayor testimonio de esta imperfección, he aquí lo que dice Boecio en el libro Sobre la consolación:

“Por más que la diosa de las riquezas dé al hombre tantas riquezas cuantas son las arenas que devuelve el mar turbado por el viento o cuantas son las estrellas que en el cielo relucen, el género humano no cesará de llorar”.

Y como son necesarios más testimonios para probar este aserto, dejamos a un lado los clamores que contra ellas levantan Salomón y su padre, los de Séneca, sobre todo escribiendo a Lucilo; los de Horacio, los de Juvenal y, en una palabra, los de todos los escritores y los de todos los poetas; la divina Escritura, por su parte, levanta el grito contra estas falsas meretrices, llenas de todos los defectos; adviértase, sin embargo, para tener una fe que entre por los ojos, la vida de los que corren tras las riquezas: con qué seguridad viven cuando han reunido sus riquezas, cómo se satisfacen y cómo descansan.

 

francesco_petrarca_400Capítulo XXII. Sobre la felicidad del hombre. La doble operación del alma humana (10 a 12)

Y no se diga que todo apetito es alma, porque aquí entendemos por alma solamente lo que afecta a la parte racional, esto es, la voluntad y el entendimiento. De forma que, si se quiere llamar alma al apetito sensitivo, nos salimos entonces del argumento y no hay lugar para entrar de nuevo en él, pues nadie duda que el apetito racional es más noble que el sensitivo y, por lo mismo, más amable, y así es este apetito del que ahora hablamos. En realidad, la operación de nuestra alma es doble, esto es, práctica y especulativa (aquí práctica equivale a operativa), y ambas son sobremanera deleitosas, si bien lo es más la operación propia de la contemplación, como más arriba hemos explicado. La operación del entendimiento práctico consiste en obrar virtuosamente, es decir, honestamente, con prudencia, con templanza, con fortaleza y con justicia; la operación del entendimiento especulativo consiste no en obrar por nosotros, sino en considerar las obras de Dios y de la naturaleza. Y tanto en esta [como en] aquella operación reside nuestra bienaventuranza y sumada felicidad, como puede fácilmente comprobarse; y ésta es la dulzura de la semilla referida, cosa que ahora resulta ya evidente, a la cual muchas veces no llega esta semilla por haberla cultivado mal o por haber desviado su florecimiento.

Puede ocurrir también que con un cultivo intensivo y muchos remedios, en un terreno que no rindió la semilla al principio, pueda lograrse [el] desarrollo de ésta, de modo que llegue a dar este fruto; tenemos entonces una como especie de injerto de una naturaleza ajena en distinta a raíz. Y precisamente por esto, nadie hay que pueda excusarse; porque, si el hombre no tiene esta semilla por su propia naturaleza, puede muy bien obtenerla por medio del injerto. ¡Ojalá fueran tantos los que de hecho se injertasen cuantos son los que se dejan desviar de la buena raíz!

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